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martes, 7 de julio de 2015

Pepe Dios, el vendedor de humo


Os dejo mi relato corto premiado y publicado en el libro "El cuento en Extremadura 2014", editado por el Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Badajoz.


 Descargar PDF "Pepe Dios, el vendedor de humo".


Pepe Dios, el vendedor de humo

Pepe se había ganado el apellido a pulso. De niño era un insolente sabelotodo y de mayor, se había convertido en un presumido amargado. Aunque intentó estudiar de joven, nunca había logrado aprender nada y, si bien no era tonto, creía ser mucho más inteligente de lo que en realidad era.
Todo el pueblo, consciente de sus aires de superioridad y grandeza, comenzó a apodarle Pepe Dios y él, ante las burlas, siempre contestaba de igual modo:
—Vosotros… ¡paletos!
Pero, ciertamente, para paleto e ignorante, él. Pepe no era más que un pobre hombre de mediana edad que sacaba de quicio a cualquiera. No tenía amigos y desde que se levantaba hasta que llegaba la hora de dormir, enredaba los asuntos y manipulaba argumentos de unos para enfrentarse a otros; siempre con la idea absurda de aparentar o pavonearse. Cuando le decían blanco, él aseguraba negro; cuando algo tenía un sabor agradable, él tardaba poco en afirmar que era veneno; y cuando a alguien se le consideraba buena persona, siempre empañaba la reputación de aquel con algún chisme improvisado. Nadie estaba nunca a salvo de los ataques de Pepe Dios.
Una tarde en la que fue a la ciudad para ingresar todos sus ahorros en un banco, un desconocido, con el que coincidió casualmente en una cafetería cercana, le propuso un negocio. Se trataba de comprar sartenes al precio acordado para luego venderlas a otro mayor. Supuestamente, aquellas sartenes eran de una calidad magnífica y provenían de Italia, así es que no dudó en echar cuentas del dinero que ganaría si conseguía colocarle a cada paleto de su pueblo una de ellas. Se animó, accedió y regresó, poco después, hasta su casa con un cargamento de doscientas sartenes.
Esa misma noche, sin pérdida alguna de tiempo, dio inicio a la propaganda de lo que se traía entre manos. Ensimismados con los chatos de vino y el dominó, la gente del bar le escuchaba. Allí tampoco había mucho más con lo que entretenerse…
—Un buen amigo italiano ha venido desde muy lejos exclusivamente para hablar conmigo y proponerme algunos negocios —dijo Pepe—. Entre otros valiosos proyectos, me he sumergido de lleno en la importación de sartenes florentinas, o sea, italianas, de calidad suprema y garantía de por vida. Son increíblemente útiles y baratas. Hace escasos momentos, las he dejado en mi casa ya que mañana saldré de viaje con el fin de venderlas lejos de aquí. Eso es porque nadie en este endemoniado pueblo apreciaría jamás lo que es un utensilio de cocina de categoría.
Muchos reían con sus palabras y otros, sobre todo ancianos y chismosos, sentían curiosidad.
—Pero ¿qué tipo de sartenes? —gritó uno—.
—Pues sartenes de calidad, paleto. Algo que nunca verás en tu vida —respondió él.
Su arrogancia y despotismo no iban a ayudarle demasiado en la venta y, como los prepotentes solo se retractan de su conducta cuando su ego depende de ello, se dio cuenta de que debía cambiar de actitud.
—¡Venga! ¡No seáis bobos! Es una oportunidad para los que quieran cocinar con una buena sartén —interpuso sonriendo—. Además, si antes de que mañana salga a venderlas a otros lugares, alguien quiere comprarme alguna, estoy dispuesto a hacerle un descuento que no podrá rechazar. —Y se marchó saludando a la parroquia con simpática apariencia y creando, a su entender, un ambiente de expectación.
A la mañana siguiente, temprano, se acercaron hasta su casa algunos vecinos interesándose por la sartén en cuestión. Había, entre ellos, muchas mujeres impresionadas por las palabras que Pepe Dios había lanzado el día anterior y que parecían haberse extendido como la pólvora. Pepe, con su charlatanería y patrañas, consiguió atraer a medio pueblo y encandilar al gentío vendiéndoles hasta la última de sus sartenes. Se creía el rey del mundo y parecía acariciar el comienzo de su aventura empresarial; pero poco… muy poco le duró la alegría.
Esa misma noche y a la misma hora —que no era otra que la de la cena— todos, felices, probaron sus sartenes pensando que Pepe Dios había, por fin, cambiado de talante y traído generosidad al pueblo. Sin embargo, andaban muy lejos de la verdad.
La avaricia e insolencia que a Pepe le corroían por dentro le habían hecho pagar una importante suma de dinero por unas sartenes de paupérrima calidad carentes de garantía alguna. Cuando empezaron a aporrear su puerta no encontraba sitio donde esconderse.
—¡Sal aquí, sinvergüenza! —decían unas.
—Mejor no salgas que te vamos a empalar —gritaban los maridos de otras.
—¡Serás desgraciado! ¡Devuélvenos el dinero!—exclamaban los abuelos.
El pobre sabidillo no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo y se asustó.
—Pero ¿qué queréis? ¡Ese dinero ya es mío! ¡Os he vendido unas sartenes italianas buenísimas! —dijo Pepe.
—¡Qué dices, mentiroso! ¡Sal aquí fuera y dínoslo a la cara! —gritó desde el fondo alguien entre el tumulto.
Pasados unos segundos, Pepe Dios, visiblemente atemorizado y sorprendido, salió encogido de hombros y con los ojos entreabiertos, como esperando recibir un golpe. No sabía muy bien a qué era debida aquella agitación. Nada más cruzar el umbral de su puerta sintió un escozor en los ojos que le obligó a taparse la cara con un brazo. A duras penas pudo percatarse de que el pueblo se bañaba sobre un humo denso que salía de todas y cada una de las casas que habían comprado alguna de sus sartenes.
—¡Tus malditas sartenes no pueden colocarse ni sobre el fuego, inútil! ¡Son tan malas que se derriten! ¡Entra ahora mismo en tu casa y saca nuestro dinero antes de que decidamos quemarte a ti también! —dijo el hijo del alcalde con un madero en la mano.
—Eso, eso, ¡vendedor de humo! —gritó un nonagenario asfixiándose apoyado sobre un bastón resquebrajado.
—Ja, ja, ja… —rieron todos.
—¡Vendedor de humo! ¡Vendedor de humo! —comenzó la muchedumbre a repetir.
Deshonrado y humillado, Pepe regresó a casa y sacó de debajo de la cama su bolsa llena de dinero mientras el humo de la calle se colaba en el salón. Sus vecinos iban a matarlo a palos si no les devolvía lo que les había costado el inservible utensilio; así es que tiró la bolsa por la ventana, aún a sabiendas de que aquello supondría su ruina, y cerró la puerta rápidamente.
—¡Ahí tenéis vuestro miserable dinero, animales! —vociferó él, de nuevo desde el interior de su casa—. Algún día valoraréis la calidad, ¡paletos! Mirad y sanead vuestros fuegos porque estoy seguro de que ellos son los culpables...
—Ja, ja, ja… —se oían las risotadas de los allí presentes.
—¡Y no sigue diciendo el muy burro que la culpa no es suya! —exclamó el carnicero del pueblo.
A carcajadas, repartieron el dinero y regresaron a sus humeantes casas.
Y así fue como a Pepe, desde aquel día, nadie volvió a prestarle la más mínima atención y se le bautizó, nuevamente y sin reservas, con el sobrenombre de Pepe Dios, el vendedor de humo.



domingo, 14 de septiembre de 2014

Explicación falsa de mis sueños (Felisberto Hernández)

    

     Componiendo, escribiendo, soñando... Encuentro en estas palabras la forma de explicar algo que siento últimamente...

        "[…] Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento: sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser […]"


Explicación falsa de mis sueños                                                                                         Hernández, Felisberto. (2012). La casa inundada
                                                                                    

miércoles, 23 de abril de 2014

Los 100 mejores libros de la historia

Hoy, día de San Jorge, es costumbre regalar libros. Yo, en cambio, quiero dejar constancia de una entrada curiosa de carácter literario.

Ya hice en su día un post en el que hablaba de las 100 mejores películas de todos los tiempos (pincha AQUÍ); por ello, creo de justicia incluir ahora en Blogrópila una lista con los 100 mejores libros jamás escritos.
Como esto es algo subjetivo y engorroso —que nunca podrá ser preciso ni justo— adjunto la lista que ha podido resultar más digna e íntegra. Dicho elenco viene dado por la iniciativa que el Club del Libro Noruego propuso a 100 escritores de 54 países diferentes.
Sea como sea, no comprendo la ausencia de Stefan Zweig en el catálogo.
Esta lista no es, en absoluto, un ranking.


1
1958
Nigeria
2
1835–1837
Dinamarca
3
Siglo 17 o 18 a.c.
Iraq
4
?
Israel
5
Siglo IV a.c.
India
6
Siglo XIII
Islandia
7
Siglo IX
India/Persia
8
1813
Reino Unido
9
1835
Francia
10
1951–1953
Irlanda
11
1349–1353
Italia
12
1944
Argentina
13
1847
Reino Unido
14
1942
Francia/Argelia
15
1952
Francia
16
1932
Francia
17
1605–1615
España
18
Siglo XIV
Reino Unido
19
1886
Rusia
20
1904
Reino Unido
21
1307–1321
Italia
22
1861
Reino Unido
23
1796
Francia
24
1929
Alemania
25
1866
Rusia
26
1869
Rusia
27
1872
Rusia
28
1880
Rusia
29
1871
Reino Unido
30
1952
EE.UU
31
431 a.c.
Grecia
32
1936
EE.UU
33
1929
EE.UU
34
1857
Francia
35
1869
Francia
36
1928
España
37
1967
Colombia
38
1985
Colombia
39
1808
Alemania
40
1842
Rusia
41
1959
Alemania
42
1956
Brasil
43
1890
Noruega
44
1952
EE.UU
45
850 – 750 a.c.
Grecia
46
Siglo VIII a.c.
Grecia
47
1879
Noruega
48
1922
Irlanda
49
antes de 1924
Rep. Checa
50
1925
Rep. Checa
51
1926
Rep. Checa
52
I BC–IV AD
India
53
1954
Japón
54
1946
Grecia
55
1913
Reino Unido
56
1934–1935
Islandia
57
1818
Italia
58
1962
Reino Unido
59
1945
Suecia
60
1918
China
61
1959
Egipto
62
1901
Alemania
63
1924
Alemania
64
1851
EE.UU
65
1595
Francia
66
1974
Italia
67
1987
EE.UU
68
Siglo XI
Japón
69
1930–1932
Austria
70
1955
EE.UU/ Rusia
71
1949
Reino Unido
72
Siglo I a.c.
Italia
73
1982
Portugal
74
Siglo XIX
EE.UU
75
1913–1927
Francia
76
1532–1534
Francia
77
1955
México
78
Siglo XIII
Persia
79
1981
India/Reino Unido
80
1257
Persia
81
1971
Sudán
82
1995
Portugal
83
1603
Reino Unido
84
1608
Reino Unido
85
1622
Reino Unido
86
430 a.c.
Grecia
87
1830
Francia
88
1760
Reino Unido/Irlanda
89
1923
Italia
90
1726
Reino Unido/Irlanda
91
1865–1869
Rusia
92
1877
Rusia
93
1886
Rusia
94
1884
EE.UU
95
Siglo III a.c.
India
96
29 – 19 a.c.
Italia
97
1855
EE.UU
98
1925
Reino Unido
99
1927
Reino Unido
100
1951
Francia

domingo, 31 de marzo de 2013

Léete un libro de Stefan Zweig


     Me parece justo nombrar y elogiar el trabajo de algunos artistas cuando uno al descubrirlo siente que ese trabajo es digno de un universal reconocimiento. Lo hice en otras entradas con Ennio Morricone (Aquí) y con Ramón Gómez de la Serna (Aquí). En este caso, sencillamente, quería invitaros a leer alguno de los relatos cortos, novelas, ensayos o biografías de Stefan Zweig. 
    La explosión de sentimientos en sus letras te sumerge en una lectura tremendamente cercana; es de esos escritores que te obligan a devorar, una tras otra, todas sus páginas. Austríaco inconformista, romántico exiliado y malabarista de emociones. Si os gusta lo que os recomiendo, entonces, y sólo entonces, os invitaría a buscar  información sobre su vida, amores, viajes y muerte. 

Os aseguro que no os defraudará. 

Algunas de sus obras maestras son:

Amok 
Los ojos del hermano eterno 
La impaciencia del corazón
Carta de una desconocida 
24 horas en la vida de una mujer 
Novela de ajedrez

Muchas de ellas son novelas cortas; otros títulos muy recomendables (según la crítica, ya que yo aún no he podido leerlos) son Momentos estelares de la humanidad, María Antonieta (biográfica) o El mundo de ayer (autobiográfico).

Una web sobre el autor: http://www.stefanzweig.eu

martes, 19 de febrero de 2013

Museo Reina Sofía (Madrid)


      
       Tenía ganas de visitar el Museo Reina Sofía, situado en la ronda de Atocha, en Madrid. Se trata, como sabéis, de una colección realmente impresionante de arte moderno y contemporáneo. Si te resulta cara la entrada, es posible visitarlo gratuitamente los sábados por la tarde y los domingos a lo largo del todo el día. En caso de que verdaderamente te guste el arte, necesitarás unas cuantas horas para disfrutar de este conjunto de obras y de las innumerables salas del edificio. Pincha AQUÍ si quieres visitar la página del Museo.
        Os dejo algunas de las obras más importantes que pude contemplar y otras que fotografié impresionado por la magia que desprendían.
       Picasso, Dalí, Miró, Picabia, Kandinsky, Tapies, Rothko, Antonio López y muchos otros, forman parte de este maravilloso viaje.
Todas las imágenes son propias, a excepción del Guernica, al cual está prohibido fotografiar.
Si quieres dar un buen paseo, amplia pinchando en cualquiera de las imágenes y avanza una a una.

Salvador Dalí. Gitano de Figueres. 1923
Salvador Dalí. Muchacha en la Ventana. 1925



Juan Gris. La ventana abierta. 1921

Miró. La casa de la palmera. 1928


Pablo Picasso. Guernica. 1937
Pablo Picasso. Los pájaros muertos.1912

Robert Delaunay. Trsitan Tzara.1941
Juan Gris. La mesa del músico. 1926
Georges Braque. Cartas y Dados. 1914















J. solana. La tertulia del café de Pombo.  1920

Sonia Delaunay. 1914. Dubonnet







Ignacio Zuloaga. El cristo de la sangre.1911
Francis Picabia. Brouette.1922




René Magritte. El secreto del cortejo. 1927
Max Ernst. Pajaros rojos. 1926
















Salvador Dalí. Retrato de Luis Buñuel. 1924
Ives Tanguy. Belomancia I. 1927




Maruja Mallo. La verbena. 1927
Joan Miró. Hombre con pipa. 1925



















André Masson. La familia en estado de metamorfosis. 1929

O. Domínguez. Los sifones. 1938

Vassily Kandinsky. Sin título. 1924






     
O. Domínguez. Peregrinaciones
de George Hugnet. 1935

O. Domínguez. 1955. 1955
Jean Dubuffet. Diálogo con pájaros.  1949















Gabriel Pomerand. Cuadro XXII, meditación XV 

Antonio Saura. El primer consejo. 1950












Clifford Still. Nº2. 1953
Antonio Tapies. Personaje. 1950

Antoni Tapies. Superposición de Materia Gris. 1961

Manuel Millares. Cuadro 1957. 1957
Mark Rothko. Sin título. 1950






















Antonio López. Hombre y Mujer. 1968-1994
Víctor Vasarely. Oeta II. 1956


















Gómez de la Serna. Panel-Ventana del despacho. 1936-1963



Alberto Greco. Sin título. 1964




















Francis Bacon. 1966
Figura tumbada
Martial Raysse. 1962
Tri-color Modern



Pablo Picasso.  El pintor y la modelo.  1963
Cy Twombly. Sin título. 1959


   













Alexander Calder
Lucio Fontana. Concepto espacial. 1960



















Robert Rauschenberg
Peregrino. 1960




Yves Klein. Antropometría.  1960

















                                                Danse serpentine, (II)
                                                Catálogo   LUMIÉRE   nº765