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viernes, 12 de noviembre de 2010

Sigamos en las nubes

          Creo que no le conocí. Quizás, sin ser consciente, él estaba justo ahí, en un concierto o en un cruce de miradas en cualquier paso de cebra.
          Puede ser que la vida no nos permitiera encontrarnos por otras razones, seguramente por un continuo desvío entre calles cercanas.
            
           El caso es que no te conocí; sin embargo, de algún modo, un hilo de humo, una neblina matutina y un ligero correr del aire golpeó en algún momento, y a la vez, nuestras almas; y así, aquel fuego común nos unió en un lugar que aún muchos no conocen, un lugar que tú cruzaste y del cual yo quisiera saber menos...
        
             Ni siquiera los que te conocen y echan en falta entenderían que escribo esto por ti. 
             Ni siquiera ellos me conocen. Ya sabes que ni siquiera yo te conocí.
            Que mi música, y la de aquellos que me acompañan, significara para ti un baño de tranquilidad en tu lucha final ha azotado fuertemente mi corazón. Has dejado una huella dulce y fresca que espero poder transformar en una valiente inspiración, 
            Sin advertir tu rostro me has dado más de lo que había podido imaginar. Todo esto, por lo que tanto luché, ya tiene, contigo, sentido.

Sigamos en las nubes, amigo.




Cuadro de Nicholas Roerich
Música de Ennio Morricone

domingo, 26 de septiembre de 2010

La suerte cambia

   A mi padre


   Hoy no hay luz en aquella habitación,
entre arrugas y entre modas de idiotas
no descansa el tétrico olor a rancio.
A cierta hora e inesperadamente,
se estremecen las sombras, los destinos
y las paredes frías y malvadas.
Alrededor, el silencio y el insomnio,
cómplices, son conscientes de que en horas,
sin aviso alguno, la suerte cambia.



miércoles, 4 de agosto de 2010

Ni a mí puedes matarme

        Qué narices, no pienso plantarme sin más. Si acecha el momento y ella me busca, la escupiré a la cara, sonriendo si puedo, sabiendo que la batalla siempre la gana el Amor y que es, precisamente, eso lo que nos salva. Llámalo Dios o como quieras, pero a mí, dejadme en paz, ya no me engaña nadie. Es el Amor lo que nos hace ser felices y creer en algo, ¿o vendrá alguien a convencerme de lo contrario? Si la guadaña merodea a oscuras, y en ese mismo instante aún soy consciente, desgarrándome la garganta recitaré estas palabras de John Donne -con casi 100 lustros de antigüedad- y que para mí representan la fuerza del coraje en carne viva, la valentía de un minúsculo grano de polen en el aire,  la rebeldía de las células sanas ante las cancerosas...

               No te enorgullezcas, muerte, aunque te llamen poderosa y horrenda, porque no lo eres. Aquéllos a los que creíste abatir, triste muerte, no murieron, ni a mí puedes matarme. Si del reposo y el sueño, meras imágenes tuyas, tanto placer proviene, de ti, entonces, mucho más debe venir. Los mejores de nosotros se van enseguida contigo (...) Esclava del Hado, la Fortuna, los reyes, los desesperados, si con veneno, guerra, enfermedad, amapola, encantamiento se nos hace dormir tan bien, mejor que con tu golpe, ¿de qué te jactas? Tras un breve sueño, eternamente vamos a despertar, y ya no habrá más muerte. Tú, muerte, morirás.

John Donne. Poesía Sacra.
Traducción de Sergio Cueto
(Beatriz Viterbo Editora. Rosario1996)