Ni una palabra,
no hay solución...
No escuchan nada,
¿quién ladra hoy?
No quiero guerras.
¡No, no, no!
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Creo que no le conocí. Quizás, sin ser consciente, él estaba justo ahí, en un concierto o en un cruce de miradas en cualquier paso de cebra.
Qué narices, no pienso plantarme sin más. Si acecha el momento y ella me busca, la escupiré a la cara, sonriendo si puedo, sabiendo que la batalla siempre la gana el Amor y que es, precisamente, eso lo que nos salva. Llámalo Dios o como quieras, pero a mí, dejadme en paz, ya no me engaña nadie. Es el Amor lo que nos hace ser felices y creer en algo, ¿o vendrá alguien a convencerme de lo contrario? Si la guadaña merodea a oscuras, y en ese mismo instante aún soy consciente, desgarrándome la garganta recitaré estas palabras de John Donne -con casi 100 lustros de antigüedad- y que para mí representan la fuerza del coraje en carne viva, la valentía de un minúsculo grano de polen en el aire, la rebeldía de las células sanas ante las cancerosas...