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martes, 29 de julio de 2014

No quiero guerras


Ni una palabra,
no hay solución...
No escuchan nada,
¿quién ladra hoy?
No quiero guerras.
¡No, no, no!




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lunes, 25 de abril de 2011

Me niego a decirte adiós

    
 

Despierta, Jorge.

       No hay forma alguna de que el tiempo vuelva a tu favor, sólo tienes un camino por delante, y lo que recorriste poco a poco se va quedando ahí, atrás, no hay posibilidad de retroceder y cambiar las cosas. 
       Le dije un hasta luego con los ojos, con la mirada de quien cree vivir en un cuento sin fin ; pero  aquello  de repente explotó y rompió las ilusiones que mejor guardábamos en casa.
       Con nuestras manos atadas, la despedida fue de todos, nadie sobrevivió, ninguno logró despertar aquella noche, ninguno consiguió escapar de aquel cuarto frío; la tierra tembló por segundos y nuestro hogar se derrumbó.
      Joder, quiero gritar y romperme la voz otra vez, quiero correr hacia ti antes de que desaparezcas, sentir de nuevo tus mágicos dedos convirtiendo en esperanza todo lo perdido.

      Me niego a decirte adiós.


lunes, 28 de marzo de 2011

Madre, aquí estoy

     
      Se sentó delante del piano con 60 años, sin saber qué hacer exactamente. Parecía una actriz en su mejor momento. Dejó caer sus dedos sobre las teclas y se fascinó. Logró ser una ligera melodía y, en sus manos, cada tarde, sintió los acordes del tiempo. A veces, yo entraba en aquel cuarto y, sin dejar de tocar, me miraba, como si estuviera dándome una lección vital en apenas un segundo, yo acababa exhausto. 
    Abrió una senda hacia lo increíble, hacia lo puro, inventando formas en las nubes. Movía sus manos despacio, sus ojos no tenían fin y su voz desprendía la alegría de un niño, la sabiduria de toda una vida vivida para los demás.
               Nunca nadie atravesó mi corazón así. Disparó aquella escopeta.
               Sangré y ella, extenuada, desfalleció. 

       Madre, aquí estoy, abriendo cada día la puerta de aquella habitación . Aquí estoy, escuchándote y sintiendo tu delicada piel acariciando mi rostro, tu último abrazo congelando mi respiración.


Pd: En la foto, la que dispara es realmente mi madre

viernes, 12 de noviembre de 2010

Sigamos en las nubes

          Creo que no le conocí. Quizás, sin ser consciente, él estaba justo ahí, en un concierto o en un cruce de miradas en cualquier paso de cebra.
          Puede ser que la vida no nos permitiera encontrarnos por otras razones, seguramente por un continuo desvío entre calles cercanas.
            
           El caso es que no te conocí; sin embargo, de algún modo, un hilo de humo, una neblina matutina y un ligero correr del aire golpeó en algún momento, y a la vez, nuestras almas; y así, aquel fuego común nos unió en un lugar que aún muchos no conocen, un lugar que tú cruzaste y del cual yo quisiera saber menos...
        
             Ni siquiera los que te conocen y echan en falta entenderían que escribo esto por ti. 
             Ni siquiera ellos me conocen. Ya sabes que ni siquiera yo te conocí.
            Que mi música, y la de aquellos que me acompañan, significara para ti un baño de tranquilidad en tu lucha final ha azotado fuertemente mi corazón. Has dejado una huella dulce y fresca que espero poder transformar en una valiente inspiración, 
            Sin advertir tu rostro me has dado más de lo que había podido imaginar. Todo esto, por lo que tanto luché, ya tiene, contigo, sentido.

Sigamos en las nubes, amigo.




Cuadro de Nicholas Roerich
Música de Ennio Morricone

domingo, 26 de septiembre de 2010

La suerte cambia

   A mi padre


   Hoy no hay luz en aquella habitación,
entre arrugas y entre modas de idiotas
no descansa el tétrico olor a rancio.
A cierta hora e inesperadamente,
se estremecen las sombras, los destinos
y las paredes frías y malvadas.
Alrededor, el silencio y el insomnio,
cómplices, son conscientes de que en horas,
sin aviso alguno, la suerte cambia.



miércoles, 4 de agosto de 2010

Ni a mí puedes matarme

        Qué narices, no pienso plantarme sin más. Si acecha el momento y ella me busca, la escupiré a la cara, sonriendo si puedo, sabiendo que la batalla siempre la gana el Amor y que es, precisamente, eso lo que nos salva. Llámalo Dios o como quieras, pero a mí, dejadme en paz, ya no me engaña nadie. Es el Amor lo que nos hace ser felices y creer en algo, ¿o vendrá alguien a convencerme de lo contrario? Si la guadaña merodea a oscuras, y en ese mismo instante aún soy consciente, desgarrándome la garganta recitaré estas palabras de John Donne -con casi 100 lustros de antigüedad- y que para mí representan la fuerza del coraje en carne viva, la valentía de un minúsculo grano de polen en el aire,  la rebeldía de las células sanas ante las cancerosas...

               No te enorgullezcas, muerte, aunque te llamen poderosa y horrenda, porque no lo eres. Aquéllos a los que creíste abatir, triste muerte, no murieron, ni a mí puedes matarme. Si del reposo y el sueño, meras imágenes tuyas, tanto placer proviene, de ti, entonces, mucho más debe venir. Los mejores de nosotros se van enseguida contigo (...) Esclava del Hado, la Fortuna, los reyes, los desesperados, si con veneno, guerra, enfermedad, amapola, encantamiento se nos hace dormir tan bien, mejor que con tu golpe, ¿de qué te jactas? Tras un breve sueño, eternamente vamos a despertar, y ya no habrá más muerte. Tú, muerte, morirás.

John Donne. Poesía Sacra.
Traducción de Sergio Cueto
(Beatriz Viterbo Editora. Rosario1996)